martes, 23 de octubre de 2012

"El boldo y la mariposa"



El boldo y la mariposa

Había una vez un árbol llamado boldo, que vivía muy solo, en un espacio en los terrenos de Marbella. Era un árbol verde y muy frondoso, que vivía del agua que recibía de las lluvias y del rocío generoso que se dejaba caer en las noches.

Todos quienes lo veían, decían "¡qué boldo más lindo!", pero no sabían como era su corazón.

El boldo era muy egoista y no compartía nada, con nadie. Cuando le pedían algo decía "No, porque es mio".  Muchos pájaros querían hacer sus nidos y protegerse bajo sus ramas, pero el boldo no los dejaba "porque estas ramas son mías."

Llegaban miles de pájaros buscando un lugar para refugiarse y descansar, pero el boldo les hacía saber que todas sus hojas, sus ramas, su sombra, sus flores y su fragancia le pertenecían y muy rápidamente los ahuyentaba y se quedaba solo, sin compañía.

Un día hubo una sequía tan grande, que dejó de llover y no hubo más rocío en las noches, que pudiera aliviar la sed que tenía el boldo. Todo estaba seco y aunque sus raíces se hundían en la tierra, buscando agua, la sequía se hacía cada vez más intensa y prolongada.


Una noche, en presencia de la luna, el boldo se puso a llorar de desesperación, porque tenía mucha sed y el pobre estaba tan seco, que ni siquiera brotaban lágrimas, con sus sollozos. Sus flores se habían marchitado y sus hojas comenzaban a sentir los efectos de la falta de agua.

Durante esa noche, la luna lo bañó con su luz, hasta que el boldo, cansado de llorar, se quedó dormido.

Al amanecer del siguiente día, salió el sol y el clima prometía ser igualmente caluroso, soleado y sin agua.  Entonces apareció una mariposa, que se posó sobre las hojas del pobre boldo, a descansar.

Contrario a lo que siempre ocurría, que el boldo ahuyentaba a todos quiénes se atrevían a posarse en su follaje,  esta vez no le dijo nada a su inesperado visitante, la mariposa;  mientras ella descansaba un rato y disfrutaba de la fragancia de sus hojas.

Entonces el boldo se quedó en silencio y esperó que la mariposa le hablara. Pasó un rato y ella le dijo "Gracias amigo, por dejarme descansar un momento sobre tus hojas".   Ella volvió a hablarle y le dijo "eres un árbol fuerte y precioso. ¡Que suerte la mía de haberte encontrado en medio de mi vuelo tan cansador!"

Era primera vez que el boldo experimentaba la belleza de sentir la gratitud, de quién recibe y la bendición que uno experimenta al dar y compartir.

El boldo sintió algo muy distinto en ese momento y se dio cuenta que ser generoso era mucho mejor que ser egoista y, pese a tener mucha sed y a estar muy debilitado por la sequía, abrió sus ramas, para acoger a todos los pajaritos que quisieran descansar o anidar en sus ramas y comenzó a llamarlos a todos, para que disfrutaran de su sombra, de su abrigo y protección.



 
Casi inmediatamente y milagrosamente comenzó a caer una lluvia muy generosa y todo empezó a florecer, a brotar y a ponerse verde.



Así florecieron los limones ... 



el ciruelo ...



brotó la araucaria ...



 el repollo ...



y el boldo volvió a disfrutar del agua, se rodeó de flores, desapareció su angustia y sitió algo que no había conocido antes, la felicidad.

La pequeña mariposa había emprendido vuelo y nunca más se supo de ella, pero siendo tan chica, había logrado un cambio gigante en el corazón del boldo y, con ello; ¡Todo había cambiado!

Ya no había egoismo, sequía ni desesperanza en el corazón del boldo y todo había vuelto a florecer y aparecido la alegría.





Es muy importante mirar la vida, con el lente de la generosidad,  porque Dios bendice a las personas que son bondadosas, que comparten lo que tienen y que ayudan a los más necesitados.
 
17 Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace.   Proverbios 19:17 (RVC)

Y vivirás feliz.